WITH NO MIND


With no mind, blossoms invite the butterfly,
with no mind, the butterfly visits the blossoms;
when the flower blooms, the butterfly comes;
when the butterfly comes, the flower blooms.
I do not "know" others,
others do not "know" me.
Not knowing each other we naturally
follow the way.


Ryokan
1758 - 1831.

CARTESIANO



Relativo a Descartes, un famoso filósofo autor de la sentencia cogito ergo sum, por la cual él estaba confiado en haber demostrado la realidad de la existencia humana. La sentencia debió ser mejorada, de cualquier manera, a: Cogito cogito ergo cogito sum-- "pienso que pienso, por lo tanto pienso que existo", lo cual constituye la más certera aproximación de la realidad de la existencia humana que filósofo alguno haya logrado.


---El Diccionario del Diablo

Lanzamiento Oficial del Primer Número de TOLLE LEGE



POSITIVISMO, METAFÍSICA, VERDAD



Probablemente ninguna palabra suscite tanto escozor, tanta casi molestia en el pensamiento filosófico como la palabra "metafísica".

Si bien bajo ciertas concepciones tradicionales el término se liga a ideas como la de trascendencia, de lo que está "más allá" de la realidad que nos es accesible, o, como el mismo Schlick menciona, del "verdadero y auténtico ser" que se halla separado de uno inauténtico cualquiera, la metafísica tiene en la historia de la filosofía connotaciones mucho más, y mucho menos abstrusas.

Bien sabemos que fue Andrónico de Rodas el primero de quien se tiene noticia que utilizó el término, que a fin de cuentas no resultó quizá el más feliz, para llamar a una serie de catorce estudios breves de Aristóteles, ya en el siglo I a.C.

Aristóteles mismo, pues, desconocía esta expresión de carácter más bien bibliográfico (pues los escritos reunidos por Andrónico no eran ni lógicos, ni éticos, ni físicos, sino que estaban, en el orden en que los compiló, "después de los físicos"), y lo que se dio a conocer bajo tan problemático título refería a una cierta "filosofía primera", una "ciencia que se ocupa del ser en cuanto que es." Primera, porque concierne al principio de todos los "objetos" o entes, a lo que, por así decirlo, sostiene el hecho de que los llamemos entes, y no de otro modo. Sea como sea, pues, que a éstos se les defina o clasifique, esta primera filosofía, la ontología, habría de ocuparse del modo más general de todo lo que es.

Tómese esta bendita palabra como se tome, lo cierto es que desde sus albores, la filosofía ha sido poco más que reiterados intentos, acaso siempre fallidos, de desembarazarse de ella. De superarla.

Ahora bien, claramente no toda filosofía ha de considerarse metafísica; sin embargo, me atrevería a decirlo, toda filosofía presupone o acarrea alguna posición metafísica. En Positivismo y Realismo, Schlick propone como la tesis fundamental del positivismo al que él mismo adhiere algo como lo siguiente: una proposición tendrá sentido si y sólo si puede ser concebible lógicamente, y puede ser verdadera toda vez que se verifique en lo dado. En esta tesis, de marcada herencia wittgensteiniana, no parece que se esté está aludiendo a lo que propiamente es, o si se quiere, a lo que existe "realmente", es decir, no parece ser de suyo una afirmación metafísica, pues habla más bien de lo que se dice, y de la verdad o falsedad, del sentido o el sinsentido de eso que se enuncia. En una cita posterior, sin embargo, observamos un par de aseveraciones un tanto más densas o más explícitamente ontológicas: "A este respecto hemos visto que nuestro principio, según el cual el sentido de una proposición es idéntico a su verificación, conduce a la consideración de que la afirmación de la realidad de una cosa, es un enunciado relativo a experiencias en una conexión regular" [...]. "Ser real significa siempre hallarse en una relación definida con lo dado".

Dichas proposiciones entroncan de manera bastante directa con las primeras frases del Tractatus Logico-Philosophicus: "El mundo es la totalidad de los hechos" (die Welt is alles, was der Fall ist -> literalmente, el mundo es todo lo que es el caso). ¿No es esta tesis también metafísica, no hay también una metafísica en decir que no hay nada más que "este" mundo y lo que en él puede verificarse? Si esta tesis tiene sentido, al interior de los enunciados del positivismo lógico, ¿podemos preguntar acaso cómo se verifica la proposición misma, su sentido? ¿qué significa realmente "la verdad" dentro de este esquema? ¿Cuál es el sentido del discurso wittgensteiniano sobre el sentido, y en virtud de qué se le da este sentido? ¿No será esto parte de la dificultad de toda filosofía, y más aún, de todo enunciado? Quizá todo el asunto nos remita a la célebre alegoría de la escalera que habremos de tirar si es que comprendemos el para qué de subir a través de ella.

Parece que la verdad dentro de este esquema tiene un carácter circular, pues sólo al interior de la lógica misma tiene sentido hablar de ella. Pero al final de todo análisis el acto de verificación tendrá que recaer en un señalamiento, en una mostración en lo dado.* El mismo Schlick coincide con Wittgenstein en que "[e]l criterio de verdad o de falsedad de la proposición se hallará en el hecho de que en circunstancias definidas (dadas en la definición) ciertos datos estarán presentes o no estarán presentes." A esta verdad identifica, con razón, la de la ciencia, que halla toda verificación de sus teorías en una corroboración empírica, objetiva. Esto equivale a decir que el objeto de la ciencia, y a fin de cuentas también el del positivismo lógico, coincide con lo presente, con lo que está allí ante la mirada, dispuesto para ser examinado bajo la contemplación teorética. Lo analizable, lo enunciable, aquello de lo que se puede hablar es pues lo que yace ante nuestros ojos. Cualquier cosa que esté "más allá" no puede ser enunciado.

Pero, ¿qué tal si ese "más allá" fuera más bien un "más acá" que negamos constantemente, y que sin que lo sepamos, constituye de una manera primigenia, invisible, a todo lo presente? ¿Qué tal si dijéramos que lo que yace en el fondo de lo que está, o de lo que es, es precisamente nada? Ciertamente una aseveración tan metafísica no tendría ningún sentido verificable para el Wittgenstein del Tractatus, ni para sus legatarios del Círculo de Viena, y sí, ciertamente ninguna ciencia podría trabajar sobre esta base. Pero entonces nos hallamos ante la discusión de qué sea el "objeto" de la filosofía, y de la poco alegre distinción entre lo que hace la filosofía analítica y la así llamada continental. Al entender de Schlick, y no con tanta seguridad al del Wittgenstein del Tractatus, no parece haber gran distinción entre ciencia y filosofía, al menos no en principio, no respecto al método, mientras que para la filosofía de tradición continental (digamos de Hegel a Heidegger y sus legatarios), filosofía y ciencia mantienen una relación problemática y de algún modo irreconciliable, como si la madre pudiera siempre referirse a la hija pero ésta no a aquélla, ni aún a sí misma, por una dificultad de principio. El que ambas filosofías trabajen o hayan trabajado sobre estas distintas bases no implica el que una u otra sea menos metafísica, o el que hayan superado toda metafísica, y esto, por supuesto, no las hace más o menos meritorias al interior de lo que podemos llamar actividad filosófica.

Después de todo, cualquier intento de superación de la metafísica quizá no sea él mismo otra cosa que una pulsión también ella metafísica, como Nietzsche había dicho en Humano, demasiado humano: "Cuán intensa es la necesidad de la metafísica y cuán difícil se le hace a la naturaleza [humana] separarse finalmente de ella puede desprenderse del hecho de que aún en el librepensador, cuando se ha emancipado de todo lo metafísico, los efectos máximos del arte producen una resonancia de la cuerda metafísica ha mucho enmudecida [...]. Si toma conciencia de este estado, de seguro siente en el corazón una profunda punzada y suspira por el hombre que le devuelva a a amada perdida, llámese religión o metafísica. En tales momentos se pone a prueba su carácter intelectual."



* Si hay algo que nos resulta incómodo de esta manera de hacer filosofía es el que por más de un flanco se le quita la vida. "Si se dan las condiciones x, tienen lugar los datos y, donde podemos sustituir a x por un número indefinidamente grande de condiciones, permaneciendo para cada caso verdadera la proposición...". Como si la vida no fuera la mayoría del tiempo un largo y necio sinsentido... Como si todo concepto no surgiera de la identificación de lo que no es idéntico. Como si toda palabra no fuera ella misma siempre metáfora.

"¿Qué es entonces la verdad? una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal." (Nietzsche, Verdad y Mentira en Sentido Extramoral)

Metáfora


¿Qué es lo que pasa efectivamente con la metáfora?

¿Y qué es lo que pasa por alto a la metáfora?

Es un viejo tema. Ocupa a Occidente, lo habita o se deja habitar por él: representándose en él como una enorme biblioteca dentro de la que nos estaríamos desplazando sin percibir sus límites, procediendo de estación en estación, caminando a pie, paso a paso, o en autobús (estamos circulando ya, con el «autobús» que acabo de nombrar, dentro de la traducción, y, según el elemento de la traducción, entre Übertragung y Ubersetzung, pues metaphorikos sigue designando actualmente, en griego, como suele decirse, moderno, todo lo que concierne a los medios de transporte). Metaphora circula en la ciudad, nos transporta como a sus habitantes, en todo tipo de trayectos, con encrucijadas, semáforos, direcciones prohibidas, intersecciones o cruces, limitaciones y prescripciones de velocidad. De una cierta forma -metafórica, claro está, y como un modo de habitar- somos el contenido y la materia de ese vehículo: pasajeros, comprendidos y transportados por metáfora.

Extraña proposición para arrancar, se diría. Extraña porque implica por lo menos que sepamos qué quiere decir habitar, y circular, y trasladarse, hacerse o dejarse trasladar. En general y en este caso. Extraña, a continuación, porque decir que habitamos en la metáfora y que circulamos en ella como en una especie de vehículo automóvil no es algo meramente metafórico. No es simplemente metafórico. Ni tampoco propio, literal o usual, nociones que no estoy confundiendo porque las aproxime, más vale precisarlo inmediatamente. Ni metafórica, ni a-metafórica, esta «figura» consiste singularmente en intercambiar los lugares y las funciones: constituye el sedicente sujeto de los enunciados (el hablante o el escritor que decimos que somos, o quienquiera que crea que se sirve de metáforas y que habla more metaphorico) en contenido o en materia, y parcial encima, y siempre ya «embarcada», «en coche», de un vehículo que lo comprende, lo lleva, lo traslada en el mismo momento en que el llamado sujeto cree que lo designa, lo expresa, lo orienta, lo conduce, lo gobierna «como un piloto en su navío».

Como un piloto en su navío.

Acabo de cambiar de elemento y de medio de transporte. No estamos en la metáfora como un piloto en su navío. Con esta proposición voy a la deriva. La figura de la nave o del barco, que tan frecuentemente fue el vehículo ejemplar de la pedagogía retórica, del discurso enseñante sobre la retórica, me hace derivar hacia una cita de Descartes cuyo propio desplazamiento a su vez arrastraría mucho más lejos, de lo que puedo permitirme aquí.